On Getting Older Without Wanting to Go Back
Sobre envejecer sin querer volver atrás
(Español abajo)
At 62, I don’t feel anchored to the past. I don’t wish I could go back to some earlier time because things were better then. I remember too well what came after every good moment.
I also don’t feel like I’ve peaked. Not physically. Not mentally. Not emotionally. Not professionally. That doesn’t mean life has been smooth. It means I know by now that difficulty shows up at every age.
In my 40s, I was a single mom on welfare. For years, I lived with major depressive disorder. I know what it’s like to feel overwhelmed and unsure if things will ever stabilize.
Being 62 also means I’ve experienced loss. I’ve lost several friends to cancer. I lost my dog Toby after 13 years. Grief doesn’t disappear. It becomes a part of who you are, and it gets more bearable as time goes by
My body carries history too. Slipped discs. Sciatica. A torn rotator cuff that took years to recover from. Stress fractures. A close call with colon cancer. Staying active doesn’t make me superhuman. It makes me more resilient.
What being 62 does not mean, at least for me, is that I’m done being curious.
In my 60s, I’ve swum with sharks and stingrays. I’ve walked parts of El Camino in Spain, where I was born. I’ve taken improv and acting classes. I decided to train for pull ups after a serious shoulder injury. I’ve danced with my youngest, who is now 21. None of this was part of some plan. I make sure to stay open to new possibilities and take the chance when it arises.
My relationship with time shifted during my yoga teacher training in my 50s. Not because of the physical practice, but because it forced me to pay attention to impermanence and to where I was instead of where I thought I should be.
I know I have less time ahead of me than behind me. That fact doesn’t scare me. It makes me more selective. I’m less willing to waste energy on what drains me and less inclined to postpone things that matter.
I don’t think being older is better, but it does mean that I have more experience and refuse to let myself wallow too long. One day I will be dead and wallowing more than necessary is pointless.
I wasted much of my youth chasing thinness and living with an eating disorder. I’m not interested in doing that again in a different form by resisting age, the concept of loss or death, or obsessing over how my body is changing.
I take care of my body so I can keep using it. I move because it helps my mental health. I write and create because that’s how I make sense of things.
I don’t want to be younger. I want to stay involved in my own life.
How do you make peace with the passage of time?
Español
A los 62 años no me siento anclada al pasado. No deseo volver a una etapa anterior porque entonces las cosas fueran mejores. Recuerdo demasiado bien lo que vino después de cada momento bueno.
Tampoco siento que ya haya tocado techo. Ni física, ni mental, ni emocional, ni profesionalmente. Eso no significa que la vida haya sido fácil. Significa que a estas alturas sé que las dificultades aparecen a cualquier edad.
En mis cuarenta fui madre sola y sin recursos. Durante años conviví con un trastorno depresivo mayor. Sé lo que es sentirse desbordada y no saber si las cosas llegarán a estabilizarse algún día.
Tener 62 años también significa haber vivido pérdidas. He perdido a varias amigas por cáncer. Perdí a mi perro Toby después de 13 años. El duelo no desaparece. Pasa a formar parte de quien soy y, con el tiempo, se vuelve más llevadero.
Mi cuerpo también tiene historia. Hernias discales. Ciática. Un manguito rotador roto cuya recuperación llevó años. Fracturas por estrés. Un susto serio por posible cáncer de colon que no llegó a ser. Mantenerme activa no me hace sobrehumana. Me hace más resiliente.
Lo que no significa tener 62 años, al menos para mí, es que haya dejado de sentir curiosidad.
En mis sesenta he nadado con tiburones y mantarrayas. He caminado tramos del Camino de Santiago en España, donde nací. He tomado clases de improvisación y de interpretación. Decidí entrenar dominadas después de una lesión importante en el hombro. He bailado con mi menor, que ahora tiene 21 años, en pistas de baile. Nada de esto formaba parte de un plan. Procuro mantenerme abierta a nuevas posibilidades y aprovecharlas cuando aparecen.
Mi relación con el tiempo cambió durante mi formación como profesora de yoga, ya en mis cincuenta. No por la práctica física, sino porque me obligó a prestar atención a la impermanencia y a dónde estaba, en lugar de a dónde creía que debería estar.
Sé que tengo menos tiempo por delante que por detrás. Ese hecho no me asusta. Me vuelve más selectiva. Tengo menos paciencia para lo que me drena y menos tendencia a posponer lo que importa.
No creo que ser mayor sea mejor, pero sí implica tener más experiencia y negarme a quedarme demasiado tiempo consumida por lo negativo. Un día estaré muerta, y recrearme más de la cuenta no tiene ningún sentido.
Desperdicié gran parte de mi juventud persiguiendo la delgadez y viviendo con un trastorno alimentario. No me interesa repetir eso de otra forma, resistiéndome a la edad, al concepto de la pérdida o de la muerte, ni obsesionándome con cómo cambia mi cuerpo.
Cuido mi cuerpo para poder seguir usándolo. Me muevo porque ayuda a mi salud mental. Escribo y creo porque así es como entiendo la vida.
No quiero ser más joven. Quiero seguir involucrada en mi propia vida.
¿Cómo haces tú las paces con el paso del tiempo?





We haven’t peaked yet! That I know.
I love the message and just like you I want to keep moving and leave and die on my on turns.